domingo, 12 de febrero de 2017

Estrés: VI. El psoas

Es uno de los músculos –hasta ahora– menos conocidos del cuerpo; de hecho la mayoría no sabe ni que existe: probad a preguntar en casa. Sin embargo es largo y fuerte. Todos sabemos que por delante tenemos los abdominales, y por detrás los lumbares; pero ignoramos que entre ambos, profundamente, está el psoas. Enlaza las piernas con la columna vertebral a través de la pelvis y el abdomen, de modo que es un potente estabilizador de la postura erguida y de la marcha.

El caso es que tiene una estrecha conexión con el diafragma pues comparten inserciones y fascias. Cuando el cerebro percibe peligro, lanza adrenalina que afecta inmediatamente al psoas desde las glándulas suprarrenales: se contrae para huir rápidamente (correr ha sido durante mucho tiempo la mejor defensa), golpear, proteger el abdomen y los genitales. En clase lo hemos experimentado: un susto sin previo aviso, y los cuerpos se encogen a una velocidad que nunca podrías conseguir voluntariamente. El responsable es el psoas. Al parecer, de él vienen esas sensaciones en la tripa, ya sean de miedo o de “aleteo”, ya sean de poder del centro (el conocido hara). Dicho de otro modo, es un puente entre las emociones y las reacciones motrices del cuerpo.

Ahora pensemos lo que le ocurre al psoas cuando las señales de peligro, el estrés, se mantienen en el tiempo: se contrae, nos encoje, determina la postura y limita el movimiento, afecta al diafragma, al corazón, a las vísceras, y manda señales de alerta al cerebro generando un círculo vicioso, un patrón aprendido que pasa a formar parte del “yo” y que “chupa” nuestra energía. Gracias al aluvión de publicaciones conocemos mejor su papel esencial entre el movimiento, las emociones, la respiración y el cerebro.

Un psoas constantemente tenso afecta drásticamente a todos los aspectos de la comunicación oral, empezando por la creatividad.


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Esta obra de Antonio Varona está bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial

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