lunes, 23 de febrero de 2015

En manos del cuerpo

La historia biológica individual y colectiva de nuestros cuerpos ha acumulado una serie de mecanismos que nos permiten sobrevivir de la mejor manera posible. Son procesos inconscientes regulados por el cerebro más primitivo, por debajo del sistema límbico, realizando tareas de manera automática sin el concurso de la voluntad o la conciencia. De hecho vivimos gracias a estos procesos. Si en la configuración del yo consciente e inconsciente cumple un papel fundamental la información que llega al cerebro desde el cuerpo (Damasio, 2010), parece que supone aproximadamente un 90 % de la actividad del sistema nervioso. El otro 10 % son señales que emite el cerebro hacia el cuerpo, y de ellas solo algunas implican la actividad consciente. 

El temblor neurogénico es un mecanismo tan primitivo que parece tener su origen en la médula espinal. Aparece asociado a la actividad de la cadena muscular vinculada con los mecanismos de huida, lucha o inmovilidad; es decir, con la supervivencia. Por tanto tiene que ver con el sistema nervioso autónomo, y sus procesos se relacionan con la memoria procedimental. Son procesos de activación (sistema simpático) o desactivación (parasimpático). Pero las situaciones de supervivencia, al igual que las de estrés o ansiedad – algo inherente al hecho de estar vivos – desatan reacciones inconscientes que por desgracia dejan huella en nuestros cuerpos: tensiones musculares, descargas hormonales, señales emocionales. Huellas que en ocasiones se enquistan y perduran, bien por nuevas experiencias, bien por recuerdo de las pasadas. El temblor es un proceso detectado primeramente en animales y en los niños mediante el cual el cuerpo es capaz de restaurar su equilibrio, de reponerse para abordar mejor las nuevas situaciones. ¿A quién no se le ha puesto a temblar descontroladamente una pierna sobre el escenario o en una situación comprometida?

Desde hace unos años David Berceli, experto en intervenciones en situaciones de trauma severo y stress postraumático, ha desarrollado un sistema que permite activar el temblor neurogénico de manera controlada; en otras palabras, permitir que el cuerpo sin intervención o interferencia directa del neocórtex active su propio mecanismo de restauración de las tensiones. De hecho, una excesiva alerta de la conciencia, la observación o la voluntad, puede inhibir el temblor, tal como ocurre en el comportamiento social. Su técnica, insultantemente sencilla, ha sido elaborada para poblaciones amplias y para utilizarse de manera autónoma (sí, sin tener que pagar a un experto cada vez). Todo ello supone un principio de autoridad sobre nosotros mismos, de independencia y responsabilidad. 

Más allá de la utilización y aplicaciones concretas (todavía por desarrollar en nuestro campo) el temblor neurogénico nos permite ponernos en manos del cuerpo, y por ello resulta sorprendente, placentero, subversivo, revelador. Ni magia, ni religión, ni misterios. Plantea de inmediato una suerte de regreso al dualismo (soy yo, no soy yo), que pronto se resuelve en unidad en torno al reencuentro –físico– entre cuerpo y mente, lo que es sí mismo una experiencia trascendente.

Referencias:
Berceli, D. (2008). Liberación del trauma. Santiago: Cuatro Vientos.
Damasio, A. (2010). Y el cerebro creó al hombre. Barcelona: Destino.